Ni arriba ni abajo

25.12.2013 13:18

Ni arriba y abajo se trata de otro de los cuentos escritos por Vino de invierno. Es un cuento con algo de policial, con algo de intriga y con bastante acción, y, por supuesto, con un descenlace imprevisible. A continuación, se entrega la primera parte de este relato.

 

NI ARRIBA NI ABAJO
Hasta cuando uno tiene en abundancia,
su vida no resulta de las cosas que posee (Lucas 12:15).
 
El que esté cavando un hoyo, él mismo caerá directamente en él
Y al que esté rompiendo a través de un muro de piedra
una serpiente lo morderá (Eclesiastés 10:8)
 
       
Cuando era alumno de la carrera de licenciatura en historia y geografía, leí la Historia de Chile
de principio a fin de Alejandro Concha Cruz y Julio Maltés Cortés, edición del año 1998. En la página
194 de dicha obra se lee: “en Valparaíso, ocho padres logran fugarse y cinco quedan en el país por
enfermedad”; dicha afirmación se refiere a la expulsión de los padres jesuitas de Chile el día 26 de
agosto de 1767. Leyendo otros volúmenes al respecto, como por ejemplo El impacto de la expulsión de
los jesuitas en Chile y Perú de Eduardo Caviedes, Guillermo Bravo, Hernán Cortés, Aldo Yávar y Dina
Escobar, nada se dice acerca de esta fuga, y por cierto, el libro no escatima en detalles exactos y
fidedignos (incluso entrega una lista con los nombres de los padres expulsados) sobre el operativo de la
expulsión. El asunto me pareció en sí, muy intrincado; me pregunté entonces ¿Qué ocurrió con estos
padres fugados? ¿Quiénes eran? ¿Existieron realmente?
La respuesta a estas interrogantes llegaría, en forma muy azarosa debo decir, de un inveterado
borrador, original pareciera ser, del Compendio de historia geográfica, natural y civil de Chile de Juan
Ignacio Molina González (El Abate Molina).
Este borrador, escrito íntegramente en español, a diferencia de la publicación del mismo en
italiano, contiene un relato que entrega una luz insospechada acerca de que ocurrió el día de la
expulsión de estos sacerdotes en la ciudad nerudiana de Valparaíso. Aquí les presento el relato en
cuestión, el mismo, sin que se explique la razón de tan despreciable atrocidad a la historia (quizá
porque el autor no es el Abate Molina), no aparece en la edición definitiva en italiano ni en las
posteriores.
“Padre Urízar- decía el padre Joaquín Méndez- Al parecer todo lo que rumorea la población es
cierto, todo este movimiento es contra nosotros, que el ataque portugués a Río Grande es sólo una
excusa. He oído que han cerrado los pasos cordilleranos, que han llegado ciento treinta soldados de la
compañía de los dragones y que cada colegio y cada casa de residencia nuestros se hayan cercadas y
vigiladas desde un perímetro secreto.
Lo se muy bien- respondió el padre Urízar- y lo se desde hace muchos días, es por eso que ya he
realizado algunas gestiones. He mandado a buscar a nuestros hermanos del colegio San Martín de la
concha en Quillota y he hecho enterrar nuestras riquezas principales en un sitio seguro, lejos de las
manos del rey de España.
El gobernador, hombre débil y de corazón tibio, muy a su pesar, estaba obligado a ser
implacable, a cumplir el decreto real sin miramientos. El padre Urízar tenía un contacto dentro del
gobierno, se trataba del arquitecto Joseph Linderos, quien, entre otras obras en las que participó, estuvo
en la construcción de los tajamares del río Mapocho en Santiago. Era un agradecido de la obra de los
padres jesuitas; “a ellos debo todo lo que soy- decía con afable honestidad- y prefiero morir que verlos
encadenados y prisioneros”. Al enterarse de los acontecimientos Linderos prometió que, antes que
declinara el sol de ese día, y antes que los dragones cayeran, estaría en la casa de residencia de
Valparaíso y pondría a salvo a todos los jesuitas de la región.
No obstante el crepúsculo llegó, luego la noche infame y Joseph Linderos no aparecía, ni
tampoco el resto de los sacerdotes que venían desde Quillota.
A las doce y quince minutos tres golpes rudos a la puerta rompieron la tranquilidad de la casa de
residencia. Se trataba de Linderos, jadeante y con la tez brillante de sudor, quien entró rápidamente a la
casa sin decir una sola palabra. En los rostros de los futuros fugitivos se dibujó una sonrisa casi
abyecta.
– Ya está urdido el escape, padre- dijo Linderos sacudiéndose las escamas de invierno del trajedebemos
partir de inmediato.
– Aún no han llegado nuestros hermanos de Quillota.
– ¿Cómo? ¿Aún no han llegado? No tenemos mucho tiempo.
– Señor Linderos- dijo el padre Díaz Cuadra- explique su plan, por favor, mientras la espera y el
silencio hacen su trabajo.
– Tiene razón, padre.
Hace más de cien años- decía Joseph - por orden secreta del virrey, en las ciudades principales
del reino se construyó una red de túneles subterráneos con el fin de servir de escape a las autoridades
principales en caso de desastres naturales, o alzamientos araucanos. Cada entrada, sigilosamente
resguardada, conduce a una división de cinco caminos, y en la entrada de cada uno de estos cinco
caminos posibles, se indica un código compuesto por un par de números que pueden ser ceros o unos.
El código lleva implícita la ruta a seguir, y es imposible salir de la red de vericuetos si no se conoce el
código correcto; se corre el riesgo de emerger en otro lugar, o peor aún, nunca más volver a ver la luz.
– ¿Cómo es posible que ninguno de nosotros conozca la existencia de estos recovecos
subterráneos?
– Es uno de los secretos reales mejor guardados, perdería su finalidad si gente ajena al gobierno la
conociera; sin embargo, traicionaré al rey por vosotros y les daré la libertad con este código.
¡Yo soy el funcionario real encargado de mantener el secreto a salvo!
– Explíquenos el código, por favor.
Un viento gélido y amenazador empañaba de hojas la techumbre de la casa. Joseph solicitó una
pluma y una hoja de papel para explicar la forma correcta de descifrar el algoritmo.
– Antes que nada- debo deciros- que este código fue especialmente diseñado por mi para
vosotros. De acuerdo a lo platicado con el padre Urízar, os llevaré hasta cerro Barón usando los
túneles, allí no correréis ningún peligro. En ese sitio he dispuesto carruajes ocultos de las tropas
del rey, que les conducirán hasta una residencia en los campos del sur, cerca de territorio
araucano, en donde admirablemente hermanos vuestros realizan misiones. Allí podréis
permanecer en paz hasta que el peligro que les amenaza desaparezca. Vuestras pertenencias las
remitiré hasta allá, luego de un par de semanas, para no levantar suspicacias.
Los sacerdotes se miraban unos a otros, llenos de una feliz incredulidad.
– Ahora les explicaré el código- continuó Joseph- la secuencia numérica formada por el par
numérico de cada camino se lee de izquierda a derecha, y de los cinco posibles debéis elegir
siempre el que tenga un uno a la izquierda. En caso de encontrar dos caminos con un uno a la
izquierda tenéis que optar por el camino que esté más a la derecha, si son tres caminos elegid el
que esté al medio, si son cuatro seguid el de más a la izquierda, si son cinco caminos penetrad el
de más a la derecha. Hay que descartar cualquier camino que tenga sólo ceros o unos a la
derecha de cualquier par numérico.
– Amigo Joseph, la verdad es que no nos sentimos capaces de seguir tales instrucciones por
nosotros mismos. Nuestras almas están trémulas ante el peligro que nos amenaza.
Joseph se quedó pensativo un momento, luego respondió.
– No os preocupéis, yo mismo les conduciré, pero debemos marchar ahora; son las dos de la
madrugada y he oído que la guardia real irrumpirá simultáneamente por todo el reino a eso de
las tres.
– ¿Y nuestros otros hermanos?
– Lo siento mucho, pero no podemos esperarlos más.
– Yo me encargo- dijo el padre Joaquín Méndez, el único que no estuvo muy atento a la
explicación (cada sonido de la puerta lo hacía voltear la cabeza)- dejaré una nota con
instrucciones, estoy seguro de que las entenderán. Entre ellos está el hermano Lorenzo
Valdivieso, hábil en las ciencias matemáticas, físicas y en resolver acertijos.
Así lo hicieron. Joseph indicó el sitio de entrada a los senderos soterrados al padre Méndez; éste
a su vez dibujó en una hoja, a modo de resumen, el siguiente triángulo:
IX
IX IX
IX IX IX
IX IX IX IX
IX IX IX IX IX
Reemplazó deliberadamente los unos y los ceros por “I” y “X” respectivamente (para hacer
difícil la interpretación en caso que fuera hallado por soldados primeramente), y destacó en negro el
camino correcto a seguir en todas las alternativas posibles. En otro papel dibujó un símbolo clerical
(propio e íntimo de ellos), el cual indicaba en forma precisa el sitio de entrada a los pasadizos. Dejó el
padre Méndez ambas hojas sobre una mesa, y sin esperar más tiempo, Joseph Linderos apiñó al grupo
de seis sacerdotes dentro de su propio carruaje y los arreó bajo la neblinosa noche porteña.
En medio de un silencio perfecto, interrumpido solamente por el rechinar del carruaje y por el
sonido seco de las herraduras en los adoquines, Joseph llevó a los sacerdotes cerca de la iglesia La
Matriz. Bajaron cobardemente del carruaje, y galoparon incólumes a una de las residencias que a esa
hora dormía. Con felina lentitud entraron y atravesaron los salones hasta desembocar en la habitación
más recóndita. En el interior no había nadie, tan sólo unos cuantos libros, entre ellos Método para
resolver máximos y mínimos de Gotffried Leibniz. Bajo la alfombra de la habitación, una gigantesca y
blanquecina loza cubría la entrada a un agujero. Joseph, ayudado por el padre Urízar, movió esta piedra
rectangular y luego, por medio de señas, asuzó al resto de los sacerdotes a acercarse.
– Una cosa más- decía Joseph en modo de advertencia- sea lo que sea que veáis allá abajo jamás
dejéis de avanzar ¿Lo prometéis?
Los padres asintieron severamente con la cabeza.
– Pues bien, vámonos ahora.
Antes de descender el padre Méndez plasmó en la loza el símbolo → ħM ħ, el mismo que rayó
en la hoja de papel que dejó para el resto de los hermanos; después, se arrojó velozmente al agujero; tal
como lo hicieron los otros curas. Ninguno de ellos, ni siquiera el padre Méndez, advirtió la escalera que
burlesca se sumergía en la oscuridad, por lo que la caída estuvo muy lejos de ser sutil. Joseph, quien
esperó a que bajaran los padres primero, tomó una lámpara de aceite que colgaba de una de las paredes
y la encendió, luego descendió tranquilo por esta escalera ignorada. Abajo lo esperaban los sacerdotes,
un poco magullados por la caída atroz.
– Seguidme- ordenó.
El pasadizo era estrecho y fétido de humedad, borrado de luz y amparado en la total lobreguez.
Sus paredes eran de piedras lustrosas, y brillaban al ser tocadas por la luz de la lámpara. El camino era
culebrino, sinuoso, inviolado por seres humanos, azorado por desniveles y salientes; algunas veces
descendía casi en pendiente infinita, en otras subía como el humo de un brasero. Algunos hilos de agua
cantaban al tocar el suelo, este canto era agudo e íntimo, amplificado por la complicidad del silencio. El
andar derivó en fatigas multiformes y en temores evidentemente lógicos; tres de los padres sacaron sus
crucifijos y oraron entonces por el éxito del escape. Aturdidos por la invariabilidad de la ruta y por el
obvio instinto de conservación no se percataron del arribo a la primera parada. La música del agua
seguía sonando por entre las fisuras del suelo.
– Aquí debemos dilucidar el camino a seguir.
Joseph levantó la lámpara e iluminó la entrada de cada uno de los cinco senderos posibles.
Recorriendo de izquierda a derecha, tal como él lo indicó con anterioridad, se leía la siguiente
secuencia de números.
 
10 01 01 00 00
 
– Debemos seguir por el camino número uno- concluyó Joseph- es el único que tiene un uno a la
izquierda.
El grupo de fugitivos asintió con la cabeza y se internó en el húmedo sendero. Aquí el camino se
tornaba diferente, las paredes fulguraban con el color de las arenas y en varios tramos éstas tenían
textos escritos; más adelante, incluso, no era necesaria la luz de la lámpara. El padre Méndez se detuvo
ante uno de estos textos, leyó: nos sentamos, yo y él, en medio de una biblioteca circular, conocimos al
rey decadente y profanamos su estirpe con nuestra sangre. Luego de eso pudimos terminar de pintar”.
Otra inscripción decía: no perdáis tiempo con juicios insensatos, sin embargo, se mueve”. Los padres
se extrañaron ante aquellas frases sibilinas, pero no se detuvieron a discernir sobre el asunto. Varios
metros más adelante vieron con impresión copiosa la imagen más aterradora de sus vidas hasta ese
instante; una mano alba y enorme levitaba en el aire rubricando con su dedo índice, usando letras
doradas y espeluznantes, la piel de una pared con la inextricable oración: tres barquichuelos dieron al
rey de España el dominio del nuevo mundo, pues éstas cuatro tablas van a quitárselo. Cayeron
entonces de rodillas, poseídos por un lívido temor, juntaron sus manos en señal de penitencia y
declamaron con una tartamudez fulminante alabanzas y súplicas al cielo.
– ¡Dios! Nos ocurre lo mismo que a Daniel entre los leones- exclamó el padre Urízar.
– ¡No prestéis atención!- gritó Joseph- No es más que una ilusión creada para confundir, es parte
de éstos túneles subterráneos. Recordad cuál es el objetivo de nuestra empresa.
Con una voluntad casi forzada los padres atendieron las palabras de Joseph y pasaron como
espectros al lado de la mano que continuaba plasmando letras en la pared. El camino volvió a tornarse
oscuro e indescifrable; avanzaron alrededor de cien pasos ciegos, tanteando las murallas con las manos
para no perder el rumbo, hasta emerger a otra división en cinco caminos.
 
10 01 00 10 01
 
– ¿Y bien?- preguntó Joseph.
– El camino a seguir es el número cuatro. Ante dos rutas con un uno en la izquierda de su
respectivo par numérico debemos elegir la ruta que esté a la derecha- Respondió el padre
Urízar.
Joseph miró sonriente a los curas y se internó por el sendero. Este recoveco era aún más
enigmático que el primero. Las murallas lucían exornadas por diversas pinturas y grabados, de todos
los estilos y tamaños posibles. Era un acervo luminoso y clandestino de maravillas que jamás vieron la
luz, un ejército sublime de imágenes difamadas y olvidadas, una poesía a lo desconocido; tal vez fueron
hechas prisioneras ahí por voluntad de un alma despreciable. Los padres al ver la convergencia de tanta
fantasía perdieron el aliento y quedaron inmóviles, estupefactos. Sus ganas de libertad se fueron
diluyendo con rapidez, se sentaron en el frío y pétreo suelo sin despegar la mirada de las murallas,
absortos, fuera de si mismos. Joseph al verlos detuvo su marcha y volvió a rescatarlos de aquella
hermosura.
– ¡De prisa! Debemos continuar. No miréis las pinturas, por el amor de Dios.
Era inútil, cada padre permanecía inmóvil y frío como un desdén. Linderos se percató que si no
actuaba rápido los perdería para siempre. Se sacó su capa y la hizo jirones, con los listones de tela
obtenidos se aproximó como un pensamiento a ellos y vendó sus ojos; después, volvió a increparlos.
– ¡¿Qué esperáis?! Sigamos, o nunca saldremos de aquí.
Los padres reaccionaron abruptamente. Algo emborrachados se pusieron de pie; como no
distinguían nada chocaban torpemente contra las murallas y contra ellos mismos. Joseph tomó la mano
del padre Urízar e instó al resto a tomarse de la misma manera y formar una fila. De este modo tan
ridículo lograron abandonar el recoveco y emerger a una tercera serie numérica, sólo entonces Joseph
permitió que los padres se despojaran de las vendas.
 
00 00 10 01 10
 
Tomaron el camino número cinco. Este camino era mínimo, estrecho y blanco como la inocencia.
Una sensación increíblemente parecida a la inconsciencia los embargó. Era un espacio único e
insondable, atemporal, apartado de la jurisdicción de la razón. En este recoveco inefable y hermético no
existía un arriba ni un abajo; era el pasadizo del caos, desprovisto de toda congruencia espacial. Cada
paso que daban era inescrutable, inextensible a la realidad, insensible a la voluntad propia. Aquel
camino era una patria del silencio, un condado del olvido, un protectorado del sueño eterno y de la
ausencia, un ciclo sin fin en donde el fin era idéntico al principio. Los sacerdotes creyeron que estaban
en el limbo, muertos como un sol de noche, camino al purgatorio.
– No temaís- les infundía valor Joseph- rezad, recordad que el Todopoderoso se encuentra con
vosotros.
La aparente muerte acoquinaba más y más a los curas. Algunas veces este camino parecía girar
en redondo, en otras, digamos que mutaba en infames ensoñaciones. Más allá se observaba como si el
sendero convergiera a su fin, pero luego se descomponía en cientos de caminos posibles. Joseph
comprendió que no podían apartarse del camino primero, y apremió a los sacerdotes a avanzar
solamente en línea recta por toda aquella incomprensión, aunque Dios mismo los abandonara. Cuando
al fin lograron emerger a la cuarta división de cinco caminos, los padres se arrodillaron y besaron el
lecho de piedras grises que conocían agradeciendo a Jesús por permitirles aún continuar a salvo.
Joseph Linderos levantó la lámpara y leyó la siguiente secuencia de números.
 
11 00 00 11 10
 
Se internaron por el camino número cuatro. La voluntad inquebrantable y casi divina de los curas
sufrió entonces su prueba más atroz. Apenas dados unos pasos por el interior del recoveco observaron
que las paredes, el piso y el techo estaban tapizados de espejos. Estos espejos eran de todos los
tamaños, todas las graduaciones ópticas y todas las formas conocidas. Los reflejos que emitían eran
heterogéneos, básicamente opacos, quizás aterradores. Las piernas de los curas languidecieron ante
estos reflejos abominables, sus barbillas castañeaban por el miedo y tres de ellos se sentaron sobre uno
de estos espejos y gimieron. Esta vez Joseph no intervino, mas bien parecía disfrutar del espectáculo
miserable que acaecía frente a él, con abrumadora frialdad.
– Lo peor está por venir- dijo con una voz atiborrada de inquina.
Los reflejos prisioneros de cada cura dentro de los espejos comenzaron a brillar con audacia y,
para horror de ellos, abandonaron sus cárceles de cristal y quedaron ahí, estáticos y desdeñables, en
medio del corredor. Con rostro inexpresivo cada reflejo rodeó a su dueño; los ojos de estas ilusiones
adolecían completamente de brillo, de gracia y de bondad, eran poseedores de la maldad más tortuosa.
Varios reflejos dejaron florecer sonrisas macabras en sus rostros oscuros, otros entrelazaban sus manos
con soberbia, uno incluso tuvo la osadía de desnudarse. El padre Urízar, amilanado y consternado, gritó
de la forma más escandalosa que pueda existir.
– ¡No les prestéis atención!- gritó Joseph desde el final del camino- son sólo reflejos inmundos
que se adueñan de vuestros miedos más ocultos.
El padre Díaz Cuadra volvió en sí al oír la advertencia briosa, pero al mismo tiempo otra orden
llena de detestable autoridad lo congeló.
– ¡No os mováis de acá! Dios quiere que os conozcáis.
La orden venía del mismo Joseph, sin embargo, ya no se encontraba al final del camino, si no
que en medio de los otros reflejos. El padre Díaz Cuadra comprendió entonces que ese ser abyecto que
estaba con ellos, desmadejando sus almas, era el reflejo de Joseph, y que su único propósito era
retenerlos ahí por medio de fantasías horripilantes y palabras lacerantes. Fugazmente el padre se alejó
del grupo y pudo ver al verdadero Joseph, expectante y abrumado, azuzándolos desde el final del
sendero.
– ¡Debed venir ahora! yo no puedo regresar.
El padre Díaz Cuadra abofeteó a sus hermanos y les ordenó severamente que corrieran sin prestar
atención a los reflejos. Llenos de una renovada fe cerraron sus ojos y corrieron como quien apuesta su
destino, como quien desprecia a la muerte. Un nuevo reflejo emergía de cada espejo frente al que
pasaban, y se convertía en un nuevo perseguidor, mas ellos nunca se detuvieron. Y cuando la forzada
ceguera amenazaba con diluir en ella sus esperanzas, una luz penetró sus párpados y les indicó el
pronto fin del camino. Los padres dieron entonces un grito lleno de alegría y corrieron aún más veloces
hasta emerger a la salida.
 
00 10 11 10 11
 
Con marcada decepción (erradamente pensaron que la luz que percibieron era el fin de los
túneles) se internaron por el sendero número dos. Este nuevo camino se sumergía en una lobreguez
total, era tal la magnitud de ella que la lámpara de Joseph no iluminaba un ápice de tinieblas.
Caminaban a tientas. Se tomaron de las manos para no perderse y fortalecer su fe. La oscuridad
engañaba con perversidad, y se burlaba de sus temores e incertidumbre. La noción del tiempo se
distorsionaba, era imposible distinguir la diferencia entre un segundo taciturno y un día insufrible.
Joseph atravesaba guiándolos por la selva oscura con determinación, siempre al frente como en toda la
travesía, como un pastor que apacenta a sus ovejas. Aquél hombre era un ser imperturbable, prudente y
animoso, sabio en su proceder y actuar, y fue el primero en exhibir una alacridad triunfal cuando fueron
rumiados por las profundidades, finalmente, al verdadero término de los senderos.